Cómo desarrollar tu liderazgo siendo un buen seguidor

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Si queremos convertirnos en un líder siempre andamos en búsqueda de consejos. La verdad es que uno de los más recurrentes tiende a ser que aquellos que aspiran a desarrollar su liderazgo deben verse como un líder y no como un seguidor.

Pero en esa tarea de verse como líder y no como seguidor puede hacer que perdamos la dirección. Por eso hablaremos de la forma más exitosa de lograr el objetivo, ser un seguidor, porque para ser un buen líder empieza siendo un buen seguidor.

Ser un buen seguidor te convertirá en lider

Constantemente vamos a sentir la necesidad de demostrarle a las demás personas cuan excepcionales somos y cuáles son las características que nos definen como líder. Asimismo, puede ser habitual que nos encontremos adoptando comportamientos del líder y aprovechando cada oportunidad que tengamos para dirigir a alguien. Sin embargo, esto no nos hace líderes ni mucho menos exitosos.

Realmente la única forma de saber si un líder es exitoso es si puede atraer seguidores, ya que sin los seguidores el liderazgo no es nada. Esta definición de que el liderazgo exitoso reside en el colectivo y no en la persona individual que se considera líder la han defendido muchos autores; como por ejemplo: Warren Bennis, Stephen Reicher, Alexander Haslam y Michael Platow en The New Psychology of Leadership.

Esto quiere decir que el líder más que demostrar sus habilidades excepcionales debe tratar de formar una relación con sus seguidores, siendo parte de su mismo grupo social pero demostrando que quiere promover los intereses del grupo. El líder por lo tanto debe tener los mismos comportamientos, valores, inquietudes y experiencias del grupo pero la capacidad de dirigirlos hacia un bien común y a obtener mejores resultados. Formar parte genuina del grupo sin creerse por encima de él es, en el fondo, pensamiento estoico aplicado al día a día: controlar el propio ego para servir a algo más grande que uno mismo.

Dicho de otra forma: el grupo no sigue al que se declara líder. Sigue al que demuestra, con hechos repetidos, que trabaja por algo más grande que su propio ego.

En conclusión, al contrario del famoso consejo de no dejarse ver como un seguidor, lo mejor que puede hacer un líder para conseguir sus seguidores es mostrarse como uno del grupo. Cuando los líderes son vistos como uno más del grupo y no como los que lideran y buscan un bien por el grupo y no solo por ellos, tendrán garantizado muchos seguidores y un liderazgo de éxito.

Prueba de hipótesis

El experimento con los Royal Marines

Pero este asunto del líder y el seguidor no puede quedarse solo en palabras, así que para demostrar que esto funciona repasaremos la historia de los Royal Marines y el análisis longitudinal del liderazgo.

Hubo 218 reclutas varones del Royal Marines que se embarcaron en el programa de entrenamiento de élite después de pasar todas las pruebas en las que se les consideraba aptos para el entrenamiento.

El entrenamiento para la guerra, muy arduo, duró 32 semanas. Durante el proceso se trató de seguir a todos los reclutas que mostraban autoidentificación como líderes y a aquellos que se identificaban como seguidores. Semanas así son la prueba de que la disciplina vence a la inteligencia: no gana el que se cree más capaz, sino el que aguanta cuando ya nadie tiene ganas de seguir.

Quiénes fracasaron y quiénes emergieron como líderes

Al terminar el entrenamiento se obtuvo como resultado que aquellos que se creían líderes desde un primer momento habían fracasado en esta función. En cambio, muchos de los que se consideraban seguidores finalmente terminaron emergiendo del entrenamiento como líderes, ya que sus demás compañeros les seguían directamente a ellos.

Fíjate en lo que implica ese resultado: 32 semanas de exigencia real, no una encuesta de opinión, terminaron premiando a quien se enfocó en el grupo por encima de quien se enfocó en su propia imagen. Ese tipo de resistencia extrema, la de aguantar cuando el cuerpo ya pidió parar, es la misma que estudia el síndrome del tercer hombre.

La visión de los comandantes

Sin embargo, cuando vemos el punto de vista de los comandantes que eran quienes vigilaban el entrenamiento, nos damos cuenta de que ellos tienen otra visión. Ellos veían con mayor potencial para liderar a aquellos reclutas que tenían una autoimagen de liderazgo y se hacían ver como tales.

La verdad organizacional sobre el liderazgo

Por qué las organizaciones premian al líder equivocado

Este ejemplo de los reclutas es lo que sucede en la realidad en las organizaciones. Si bien es cierto que el mejor líder es aquel que nace del grupo siendo un seguidor, viéndose como un seguidor, pero que luego gana sus seguidores y se convierte en líder, no es precisamente el que las autoridades desean como líderes.

Al contrario, las personas de poder desean colocar y colocan en los cargos superiores a aquel que se destaca como líder y no al que se destaca como seguidor, sin importar realmente si el grupo le sigue. Esto puede terminar ocasionando que el liderazgo de la persona encomendada fracase, como en la mayoría de las veces sucede. Ya que si bien el jefe lo ve como líder, los seguidores, los empleados, no le siguen, y así pierde el control del grupo y termina fracasando.

Pero también es cierto que para poder optar a un cargo de liderazgo, si esta persona de poder no te ve como un líder sino como un seguidor, tienes menos probabilidades de tomar el cargo que quien se hace ver como líder. Ahí está la trampa: el sistema de ascensos premia la actuación, no el resultado con el grupo.

El precio de la mediocridad organizacional

Y es precisamente esta actitud lo que lleva a la mediocridad organizacional, ya que la actitud del líder de creerse superior a los demás y de tener capacidades inconfundibles para liderar hace que el líder se retraiga del grupo. También genera que el grupo disminuya su disposición para seguirlo; y finalmente todo culmina en fracasos y fragmentación del grupo, sin poder llegar a los objetivos mencionados. Controlar esa arrogancia antes de que arruine al grupo es, en esencia, aplicar las tres disciplinas de Epicteto: dominar el propio juicio antes de pretender dominar a nadie más.

Así que si estás buscando un cargo de liderazgo, no lo persigas actuando como el que ya llegó. Persíguelo trabajando codo a codo con el grupo. Los seguidores no se conquistan con un discurso, se ganan con resultados que el grupo puede ver y de los que el grupo también se beneficia. Sostener ese esfuerzo mucho antes de que llegue cualquier reconocimiento exige la misma disciplina inquebrantable que hace falta cuando nadie está mirando.

Fuente: Harvard Business Review